domingo, 29 de julio de 2012

Capítulo 18.

*Narra Sara.


- Hola. - dije yo. ¿Por qué he dicho hola? Ogg, ni yo me entiendo muchas veces.
- ¿Hola? - dijo aguantándose la risa.
- Sí, bueno... Es que aún no lo había dicho. - Sara, relájate y piensa antes de hablar.
- Jajajaja. - se rió. - ¿Siempre eres así, o ha sido el golpe?
- No lo sé, la verdad.
- ¿Cómo que no lo sabes?
- Depende del día, supongo.
- ¿Supones?
- Sí. - me quedé pensando y me miró con la cara que se mira a una loca. - No sé cómo explicarte, pero bueno tú no me eches mucha cuenta.
Silencio.
- Bueno... Toma el agua. - el agua que me había traído, cierto. - ¿Te encuentras mejor del golpe?
- Sí, gracias. - intenté incorporarme pero me mareé.
- Parece que no tanto. ¿Quieres hielo para el golpe?
- No, no, gracias en serio.
Silencio. Me quedo mirándole embobada, hasta que me doy cuenta que me había visto y agacho la cabeza mirando hacia el suelo con la mano en la cabeza fingiendo que me dolía, aunque era solo una excusa.
- Bueno... - empezó a decir Guille. Menos mal que saca un tema de conversación, la situación estaba empezando a incomodarme. - Voy a presentarme en condiciones. Soy Guille.
- Yo Sara. ¿A ti también te han hecho la encerrona?
- Exacto. Tú igual, ¿no?
- Sí, Julia quiere que olvide a alguien y que sea feliz, y está todo el rato diciéndome que la solución es conocer a gente e intentar quererle. Pero yo no soy así. ¿Y tú?
- Pues más o menos lo mismo. Lo dejé con la que estaba porque pensé que era lo mejor, luego me arrepentí pero fue tarde... Ella ya había encontrado a otro. Luego pasó el tiempo y fui intentando olvidarle poco a poco. Esta última semana me ha llamado un par de veces diciéndome que se arrepiente y que quiere volver, pero yo ya no me fío...
- Vaya, lo siento. Pero, creo que has hecho bien.
- Sí... Bueno, de los errores se aprende, ¿no crees?
- Sí... Supongo.
- Y al que quieres olvidar... ¿Qué fue lo que pasó?
- Pues... Yo estuve saliendo con él, éramos muy felices, y estábamos muy bien, hasta que... - solo de recordar eso, se me formaba un nudo en la garganta y los ojos se me humedecían. - Hasta que él... él... - vamos, dilo ya. - ... tuvo un accidente.
Justo cuando terminé la frase, rompí a llorar. Sabía que como amé a Carlos, probablemente no iba a amar a nadie más. Porque él era especial, tenía algo que me hacía estar feliz, aún en las peores situaciones. Él era el que me hacía sonreír siempre, por mucho trabajo que le costase. Él era el que me defendía ante cualquier cosa o cualquier persona, el que me protegía de todo y el que me decía todos los días "te amo" y me lo demostraba en todo momento. Y... se fué.
- Fué en un accidente de moto. - dije yo, cuando me tranquilicé un poco. - Vino un coche y le dio un golpe, él venía de comprar... Y yo estaba en casa. Vivía conmigo y con mi hermano. Ahora vive Julia, ella me ha salvado de todo esto, por decirlo de alguna forma. Le debo estar ahora mismo aquí. - evidentemente, no le iba a contar ni lo que nos hizo Jorge, ni que hasta hace poco veía a Carlos, se me aparecía y hablaba con él. Si le contaba esto último iba a tomarme por loca.
- Vaya... - dijo él, asombrado. - Eso sí que es duro, porque si te iba bien con él... - interrumpió la frase. - Pero bueno, cambiemos de tema.
- Gracias. - dije yo.
- ¿Por qué?
- Por escucharme, he podido desahogarme, es que cuando lo recuerdo... No sé, ya no me afectaba tanto porque apenas pensaba en eso.
- No te preocupes. - y sonrió. Tenía una sonrisa realmente preciosa.
- Gracias otra vez. Esto... ¿quieres algo de comer?
- Mm... Hombre, ya que vengo vestido más o menos bien... ¿Por qué no me dejas que te lleve a algún sitio a cenar? - ¿eso era una cita? No sé, pero la verdad... Me apetecía, ¿por qué no?
- Suena bien. - Su sonrisa se volvió más amplia y más bonita aún. Me fijé en sus ojos, celestes, azules como el mar. Y tenía el pelo rubio un poco rizado, pero lo tenía más bien corto. Llevaba una camisa un poco arreglada y unos vaqueros. - Subo a cambiarme, ponte la tele si quieres.
- Vale.
Subí las escaleras rápido para cambiarme, feliz. Miré mi armario, y la mayoría de la ropa que tenia era... deprimente. Tengo que hablar con Julia para ir a comprar. Al final, encontré un vestido decente, era lila, corto y de tirantes, era simple pero bonito. Decidí ponérmelo con unos tacones negros que me hacían unas piernas bastantes bonitas. Fui al cuarto de baño a maquillarme, me eché colonia, y me peiné con el pelo hacia un lado. Me miré unas mil veces al espejo para ver que iba bien, y bajé las escaleras.

*Narra Guille.


Estaba esperando a que bajara, viendo la tele, cuando escuché que empezaba a bajar las escaleras. Apague la tele y me levanté. Entonces la vi. Y parecía un ángel de lo preciosa que iba. Llevaba un vestido corto lila que le quedaba perfecto, y le hacía guapísima. Aunque bueno, hasta con una camiseta mía que le quedase enorme, estaría preciosa. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba abajo.
- ¿Qué tal estoy?
- Estás... - no tenía palabras para describirla. - Estás preciosa, Sara. - eso último hizo que se ruborizara.
- Gracias.
- Es la verdad.
- Oye... ¿Dónde vas a llevarme?
- Es un secreto. - se me ocurrió una idea. - ¿Tienes un pañuelo?
- Sí. - abrió un cajón de los que había y me dio uno blanco. - ¿Para qué lo quieres?
- Para esto. - entonces, le tapé los ojos con él.
- Como me caiga por la calle...
- ¿No confías en mi?
Estuvo un rato callada, hasta que al final contestó.
- Bueno, dentro de lo que se puede confiar en alguien al que acabo de conocer, sí, confío en ti.
- Eso me gusta.

*Narra Sara.


Me había llevado todo el camino andando con el pañuelo en los ojos y no tengo ni la más mínima idea de donde me llevaba. No se oía nada de ruido, pero en una casa no estaba. De repente, paró.
- Ya estamos.
- ¿Me vas a quitar ya el pañuelo?
- Sí, ten paciencia.
Me quitó el pañuelo, y vi que estábamos en un césped, pero no sé en qué parte de la ciudad estábamos. Solo sé que estábamos solos, no veía a nadie más. Miré al suelo y vi una caja con pizza y una botella de Coca Cola.
- Guau... ¿Dónde estamos?
- No se dice, es un lugar que encontré un día, que poca gente conoce, por eso mismo no hay gente. Es un buen lugar para reflexionar o para estar solo.
- Es bastante bonito... Pero podríamos haber pedido pizza en mi casa o comerla en una pizzería.
- Pero entonces no tendríamos este paisaje tan bonito.
- En eso tienes razón. - dije yo, sonriendo.
- Bueno... ¿quieres pizza?
Empezamos a comer, y charlamos de todo un poco, de los estudios, de lo que nos gusta... Tiene diecisiete años, le gusta el fútbol y también leer. No tiene pinta de ser como todos los superficiales, él parece más sensible, cariñoso. Cuando terminamos, dijo:
- ¿Quieres algo más? ¿Un helado?
- Puaf, no puedo, estoy llenísima. Me voy a poner como una foca.
- ¿Qué dices? Si estás perfecta.
- Sí, sobre todo perfecta.
- Sí, perfecta. Eres guapa, y de cuerpo no estás mal. Y no te lo digo a mal eh.
- Sí, guapa... El maquillaje hace mucho.
- Da igual que tengas maquillaje, que no tengas, que tengas resaca, que tengas mala cara, que estés mala, da igual como estés, tu eres, estés como estés, preciosa.